Hay al menos tres alianzas que son fundamentales
para el buen andar de la labor educativa: papás-hijos, maestros-alumnos,
papás-maestros. El derecho-deber de la educación de los hijos está en los
papás. Esta alianza de modo ordinario está asegurada por el amor de los padres
que cuidan el desarrollo integral del hijo desde el momento en que empieza a
vivir, al ser concebido, hasta que puede valerse por sí mismo y realizar en la
sociedad el bien que es. La escuela es una ayuda muy valiosa para los papás en
su misión. El maestro enseña no sólo los contenidos que imparte y las
habilidades que procura. Su persona y su modo de vivir están ante sus alumnos
una y otra vez, y es una lección que no pasa desapercibida a los alumnos. Para
cumplir esta tarea es fundamental la alianza padres-maestros, que se hace apoyo
mutuo en la búsqueda del bien integral de la nueva generación. La alianza
maestros-alumnos tiene como bases el amor pedagógico del maestro por vocación,
que busca el crecimiento integral del alumno y no sólo cumplir un programa, y
el respeto y atención del alumno al maestro en un reconocimiento agradecido.
+ Educar en los
auténticos valores nos implica a todos. El Papa Francisco nos invitaba a un pacto global por
la educación que involucrara “en la formación de personas maduras a las
familias, comunidades, escuelas y universidades, instituciones, religiones,
gobernantes, a toda la humanidad”. Que “con su testimonio y su trabajo, nos
decía, se hagan promotores de los valores del cuidado, la paz, la justicia, la
bondad, la belleza, la acogida del otro y la fraternidad… Que nos sostenga… la
convicción de que en la educación se encuentra la semilla de la esperanza: una
esperanza de paz y de justicia. Una esperanza de belleza, de bondad; una
esperanza de armonía social”.
+ La esmerada preparación de cada clase por parte
del maestro es grande expresión de respeto y de amor a los alumnos. Mucho ayuda
a mantener en ellos el deseo de aprender. Pero no basta para educar. La
cercanía, el arte de corregir y la paciencia son actitudes muy valiosas que no
pueden faltar en la labor educativa.
= La cercanía del educador es ahora entre nosotros mucho
más apremiante. El impacto de los huracanes, sismos y la ruda crueldad de la
violencia han aumentado los niveles de ansiedad en muchas personas. También en
niños, adolescentes y jóvenes. La cercanía del maestro hace mucho bien. Hace
años un muy buen maestro nos recomendaba a quienes iniciábamos como profesores,
que en cada clase nos diéramos una vuelta entre los pupitres de los alumnos y
si mirábamos algún rasgo de preocupación, de tristeza o de estrago en alguno de
ellos, al menos le preguntáramos: ¿Has estado bien? Le escucháramos, le diéramos
una palabra de ánimo y estuviéramos atentos a su desarrollo. Mucho se necesita
esta cercanía.
= El arte de corregir: el respeto de las normas, de
las leyes que salvaguardan los derechos de las personas tiene una base
necesaria en la firme convicción de que observar o no observar esas normas o
leyes acarrea consecuencias diferentes. Ahí tiene gran valor el arte de
corregir: respetando siempre la dignidad de cada persona, sin causarle daño ni
humillarla, con una amable reflexión sobre su conducta, obligarle a restaurar,
en la medida de lo posible, el daño causado a través de un servicio al grupo o a
la persona ofendida.
= La paciencia: los antiguos latinos describían la
paciencia diciendo que cuando la cosecha se pierde, el labrador vuelve a
sembrar. Qué gran paciencia necesitaron nuestros padres y maestros para
acompañarnos en nuestro crecimiento y maduración. Así también la tengamos ahora
entre nosotros.
El Papa León XIV
nos recuerda que educar es “una misión de amor, porque no se puede enseñar sin
amar. Los pequeños tienen derecho a la sabiduría, como exigencia básica
para el reconocimiento de la dignidad humana. Enseñarles es afirmar su valor,
darles las herramientas para transformar su realidad”. ¡Qué grande misión!
FELIZ RETORNO A CLASES.

