Mtra. Psic. Olga Margarita Rivera O. | Codipacs Chilpancingo-Chilapa
La curación está ligada
directamente con la expulsión de los espíritus que originan numerosas
enfermedades. Por eso Jesús concede a sus discípulos el poder de expulsar
demonios (Mc. 3,15).
La curación en el nombre de Jesús es
tanto física como espiritual. Así lo atestigua el mandato del
Salvador: “Id y proclamad que el reino de los cielos está cerca. Curad
enfermos, resucitad muertos, purificad leprosos, expulsad demonios” (Mt. 10,
7-8).
La puesta en práctica de esta
práctica de Cristo a expulsar demonios y a curar, muy viva en los tiempos
apostólicos, encont6ró su prolongación en los siglos posteriores en la vida de
los santos. Este precepto se realizó de mane especial en los ambientes
monásticos orientales.
Se sostenía que no se
trataba sólo de una llamada a realizar curaciones milagrosas en nombre de
Jesús, sino sobre todo a comenzar un proceso de curación espiritual que
Dios lleva a cabo a través de su Iglesia.
El bautismo nos permite
experimentar la presencia de Cristo médico, que cura al mismo tiempo por los
sacramentos de la confirmación, de la eucaristía, de la reconciliación y de la
unción de los enfermos. Basta con que el hombre caído, pecador y enfermo desee
con todo su corazón colaborar con su divino médico.
La curación no es posible para los que no sienten
su necesidad o se niegan a colaborar activamente con la gracia sanadora de
Dios.
Desde el punto de vista
cristiano, la Iglesia (cuerpo de Cristo y comunidad de los creyentes en el
Espíritu Santo) es igualmente un hospital, es decir, el lugar donde se practica
el tratamiento terapéutico en busca de la curación del hombre. San Juan Crisostomo,
por ejemplo, profundiza en este modo de comprender la Iglesia cuando interpreta
la parábola del Buen Samaritano (Lc. 10, 30-35)
El samaritano es figura de
Cristo, que viene a la tierra para curar al hombre herido. El Salvador, que
ayuda al herido, lo conduce a la posada, que es la Iglesia, y lo confía al
posadero, representado por San Pedro, y por medio del apóstol a los sacerdotes,
maestros y servidores de la Iglesia, para que se ocupen del enfermo y apliquen
bálsamos sobre sus heridas; estos ungüentos son las palabras proféticas y la
enseñanza del Evangelio (Palabra de Dios en el Antiguo y Nuevo Testamento), así
como los sacramentos y las enseñanzas espirituales.
La Iglesia de Cristo es,
pues, un hospital donde curan a los que han caído enfermos a causa del pecado,
y el papel de los obispos y los sacerdotes consiste en curar al pueblo de Dios.
El tema de la curación no
aparece sólo en la Biblia, sino también en la enseñanza de los Padres de la
Iglesia y de los místicos.
San Efren el Sirio
concebía la Historia de la Salvación como un largo proceso de tratamiento
terapéutico y de curación que comenzó en el Antiguo Testamento y prosigue en la
Iglesia (sobre todo a través del bautismo, la eucaristía, la fe por la escucha
de loa palabra de Dios, la oración, el ayuno, el arrepentimiento y la
penitencia).
En la Iglesia oriental
la sensibilidad teológica y pastoral, refiriéndose a Cristo como médico, ha
hecho nacer un método concreto de curación, este método se basa en que el
proceso terapéutico cuenta con la colaboración activa tanto de la
gracia de Dios, como de la voluntad del hombre, según este enfoque,
toda terapia debe centrarse a la vez en Dios y en el hombre, y no sólo en el
hombre, como hace la psiquiatría convencional.
En este sentido, se puede
decir que el cristianismo oriental se asemeja a la psiquiatría, pues “la
Iglesia es la posada y el hospital en el que todos aquellos que sufren la
enfermedad o padecen estrés pueden ser curados” por Cristo médico.
Todos estamos llamados a
un profundo cambio interior mediante la oración continua y la vigilancia del corazón, y
se nos invita a reflexionar sobre la muerte y el juicio final, a hacer memoria
de Dios y a encontrar la paz interior.
La curación espiritual del hombre es un
don de Dios, y los distintos medios que la Iglesia pone a nuestra disposición
son únicamente una ayuda que nos permite abrirnos cada vez más a su presencia
salvadora.
En los últimos decenios se
observa en católicos y protestantes un interés creciente por la espiritualidad
ortodoxa ¿se trata solo de una moda pasajera o más bien de una necesidad real
del corazón? ¿o tal vez este tipo de espiritualidad se considera un antídoto
contra la amenaza procedente de las sectas de Extremo Oriente, que proponen
curaciones rápidas y eficaces, y experiencias místicas accesibles por medio de
prácticas de meditación?
Nos encontramos ante un
signo de los tiempos sobre el que ha llamado la atención el papa San Juan Pablo
II, animando a los cristianos a “respirar con los dos pulmones: Oriente y
Occidente” para extraer la savia vital de una fuente única que Cristo ha
confiado a la Iglesia entera:
“Los autores espirituales
recomiendan con una especial predilección la oración del corazón, que consiste
en escuchar (en un silencio profundo y recogido) la voz del Espíritu. La
denominada oración de Jesús es muy apreciada, se reza así:
“Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten
piedad de mí, pecador”.
Esta fuerte invocación,
expresada con estas palabras u otras semejantes, y repetida frecuentemente,
pasa a ser como el soplo del alma. Permite al hombre percibir la presencia de
Dios en todo lo que lo rodea y sentirse amado por Dios a pesar de sus debilidades:
aunque se recita en el alma, irradia misteriosamente sobre la comunidad.
Por otra parte, llama
la atención que desde distintas instancias sociales se promueva hoy toda
clase de técnicas de meditación para alcanzar una experiencia espiritual,
apaciguar los sentidos, buscar la autotrascendencia y hasta mejorar la calidad
de vida: en este sentido, la oración cristiana del corazón constituye sin
duda una valiosa alternativa como terapia para nuestros contemporáneos.
Dios siempre está
dispuesto a cooperar con el hombre, pero el hombre no siempre sabe cómo
acercarse a Él: la terapia cristiana ofrece un instrumento
concreto tanto para alcanzar y conservar la salud, como para experimentar la
cercanía de un Dios amoroso.
La base de la terapia
espiritual del cristianismo oriental es la Filocalia («amor a lo
bello» o «amor a la belleza y al bien» del griego philia, amor, y kalos,
bello o bueno): bajo dicha denominación se agrupan una serie de escritos
ascéticos de la tradición espiritual oriental cuyo principal objetivo es
instruir.
Estos compendios, se
remontan a la palabra de Dios y a las enseñanzas de los santos y de los Padres
de la Iglesia, así como a las experiencias de los eremitas y de los monjes que
viven en comunidad.
Finalmente podemos
concluir que la terapia cristiana, no es una especie de
conocimiento reservada a un círculo restringido de iniciados, como en una secta,
sino una espiritualidad abierta, una espiritualidad de encuentro con Jesucristo,
una espiritualidad orientada a experimentar la presencia del Espíritu Santo en
la vida del hombre.
En el cristianismo, por
tanto, es posible la curación del hombre en todas sus dimensiones; en la
Iglesia de Cristo, el impulso natural que empuja al hombre hacia la buena salud
está ligado a la fe en la presencia de Dios y en su acción sanadora y
salvadora.
Gracias a una sabia
cooperación con el Salvador, el cristiano puede no solo desear constantemente
su salvación, sino también gozar cada vez de una buena salud del espíritu, del
alma y del cuerpo.
