HACIA UNA MADUREZ PSICOLOGICA Y ESPIRITUAL 2026| COMO MANTIENE UN CRISTIANO UNA BUENA SALUD (2) - MAR ADENTRO - Seminario de Información y Evangelización de la Arquidiócesis de Acapulco

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sábado, 12 de septiembre de 2026

HACIA UNA MADUREZ PSICOLOGICA Y ESPIRITUAL 2026| COMO MANTIENE UN CRISTIANO UNA BUENA SALUD (2)

 


Mtra. Psic. Olga Margarita Rivera O. | Codipacs Chilpancingo-Chilapa


La curación está ligada directamente con la expulsión de los espíritus que originan numerosas enfermedades. Por eso Jesús concede a sus discípulos el poder de expulsar demonios (Mc. 3,15).

La curación en el nombre de Jesús es tanto física como espiritual. Así lo atestigua el mandato del Salvador: “Id y proclamad que el reino de los cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, purificad leprosos, expulsad demonios” (Mt. 10, 7-8).

La puesta en práctica de esta práctica de Cristo a expulsar demonios y a curar, muy viva en los tiempos apostólicos, encont6ró su prolongación en los siglos posteriores en la vida de los santos. Este precepto se realizó de mane especial en los ambientes monásticos orientales.

Se sostenía que no se trataba sólo de una llamada a realizar curaciones milagrosas en nombre de Jesús, sino sobre todo a comenzar un proceso de curación espiritual que Dios lleva a cabo a través de su Iglesia.

El bautismo nos permite experimentar la presencia de Cristo médico, que cura al mismo tiempo por los sacramentos de la confirmación, de la eucaristía, de la reconciliación y de la unción de los enfermos. Basta con que el hombre caído, pecador y enfermo desee con todo su corazón colaborar con su divino médico.

La curación no es posible para los que no sienten su necesidad o se niegan a colaborar activamente con la gracia sanadora de Dios.

Desde el punto de vista cristiano, la Iglesia (cuerpo de Cristo y comunidad de los creyentes en el Espíritu Santo) es igualmente un hospital, es decir, el lugar donde se practica el tratamiento terapéutico en busca de la curación del hombre. San Juan Crisostomo, por ejemplo, profundiza en este modo de comprender la Iglesia cuando interpreta la parábola del Buen Samaritano (Lc. 10, 30-35)

El samaritano es figura de Cristo, que viene a la tierra para curar al hombre herido. El Salvador, que ayuda al herido, lo conduce a la posada, que es la Iglesia, y lo confía al posadero, representado por San Pedro, y por medio del apóstol a los sacerdotes, maestros y servidores de la Iglesia, para que se ocupen del enfermo y apliquen bálsamos sobre sus heridas; estos ungüentos son las palabras proféticas y la enseñanza del Evangelio (Palabra de Dios en el Antiguo y Nuevo Testamento), así como los sacramentos y las enseñanzas espirituales.

La Iglesia de Cristo es, pues, un hospital donde curan a los que han caído enfermos a causa del pecado, y el papel de los obispos y los sacerdotes consiste en curar al pueblo de Dios.

El tema de la curación no aparece sólo en la Biblia, sino también en la enseñanza de los Padres de la Iglesia y de los místicos.

San Efren el Sirio concebía la Historia de la Salvación como un largo proceso de tratamiento terapéutico y de curación que comenzó en el Antiguo Testamento y prosigue en la Iglesia (sobre todo a través del bautismo, la eucaristía, la fe por la escucha de loa palabra de Dios, la oración, el ayuno, el arrepentimiento y la penitencia).

En la Iglesia oriental la sensibilidad teológica y pastoral, refiriéndose a Cristo como médico, ha hecho nacer un método concreto de curación, este método se basa en que el proceso terapéutico cuenta con la colaboración activa tanto de la gracia de Dios, como de la voluntad del hombre, según este enfoque, toda terapia debe centrarse a la vez en Dios y en el hombre, y no sólo en el hombre, como hace la psiquiatría convencional.

En este sentido, se puede decir que el cristianismo oriental se asemeja a la psiquiatría, pues “la Iglesia es la posada y el hospital en el que todos aquellos que sufren la enfermedad o padecen estrés pueden ser curados” por Cristo médico.

Todos estamos llamados a un profundo cambio interior mediante la oración continua y la vigilancia del corazón, y se nos invita a reflexionar sobre la muerte y el juicio final, a hacer memoria de Dios y a encontrar la paz interior.

La curación espiritual del hombre es un don de Dios, y los distintos medios que la Iglesia pone a nuestra disposición son únicamente una ayuda que nos permite abrirnos cada vez más a su presencia salvadora.

En los últimos decenios se observa en católicos y protestantes un interés creciente por la espiritualidad ortodoxa ¿se trata solo de una moda pasajera o más bien de una necesidad real del corazón? ¿o tal vez este tipo de espiritualidad se considera un antídoto contra la amenaza procedente de las sectas de Extremo Oriente, que proponen curaciones rápidas y eficaces, y experiencias místicas accesibles por medio de prácticas de meditación?

Nos encontramos ante un signo de los tiempos sobre el que ha llamado la atención el papa San Juan Pablo II, animando a los cristianos a “respirar con los dos pulmones: Oriente y Occidente” para extraer la savia vital de una fuente única que Cristo ha confiado a la Iglesia entera:

“Los autores espirituales recomiendan con una especial predilección la oración del corazón, que consiste en escuchar (en un silencio profundo y recogido) la voz del Espíritu. La denominada oración de Jesús es muy apreciada, se reza así:

“Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, pecador”.

Esta fuerte invocación, expresada con estas palabras u otras semejantes, y repetida frecuentemente, pasa a ser como el soplo del alma. Permite al hombre percibir la presencia de Dios en todo lo que lo rodea y sentirse amado por Dios a pesar de sus debilidades: aunque se recita en el alma, irradia misteriosamente sobre la comunidad.

Por otra parte, llama la atención que desde distintas instancias sociales se promueva hoy toda clase de técnicas de meditación para alcanzar una experiencia espiritual, apaciguar los sentidos, buscar la autotrascendencia y hasta mejorar la calidad de vida: en este sentido, la oración cristiana del corazón constituye sin duda una valiosa alternativa como terapia para nuestros contemporáneos.

Dios siempre está dispuesto a cooperar con el hombre, pero el hombre no siempre sabe cómo acercarse a Él: la terapia cristiana ofrece un instrumento concreto tanto para alcanzar y conservar la salud, como para experimentar la cercanía de un Dios amoroso.

La base de la terapia espiritual del cristianismo oriental es la Filocalia («amor a lo bello» o «amor a la belleza y al bien» del griego philia, amor, y kalos, bello o bueno): bajo dicha denominación se agrupan una serie de escritos ascéticos de la tradición espiritual oriental cuyo principal objetivo es instruir.

Estos compendios, se remontan a la palabra de Dios y a las enseñanzas de los santos y de los Padres de la Iglesia, así como a las experiencias de los eremitas y de los monjes que viven en comunidad.

Finalmente podemos concluir que la terapia cristiana, no es una especie de conocimiento reservada a un círculo restringido de iniciados, como en una secta, sino una espiritualidad abierta, una espiritualidad de encuentro con Jesucristo, una espiritualidad orientada a experimentar la presencia del Espíritu Santo en la vida del hombre.

En el cristianismo, por tanto, es posible la curación del hombre en todas sus dimensiones; en la Iglesia de Cristo, el impulso natural que empuja al hombre hacia la buena salud está ligado a la fe en la presencia de Dios y en su acción sanadora y salvadora.

Gracias a una sabia cooperación con el Salvador, el cristiano puede no solo desear constantemente su salvación, sino también gozar cada vez de una buena salud del espíritu, del alma y del cuerpo.

 

 

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