Pbro. Alvaro Sánchez Quevedo
En los últimos años en varias
ciudades y poblaciones de nuestra diócesis de Acapulco, han proliferado el uso
de las motocicletas, se percibe que dicha demanda responde a que es más
económico que adquirir un automóvil, consume menos gasolina, es más veloz para
distancias no tan largas por su tamaño, y fácil de encontrar estacionamiento
para él.
El fenómeno que se ha generado
es que la conducción de las motocicletas es ejecutada por adolescentes y
jóvenes, que obviamente aún no cuentan con la suficiente madurez para dicha
responsabilidad; toda una serie de accidentes que desafortunadamente algunos
han concluido en la muerte del conductor o de los peatones, o en otros
conductores, demuestran que no es viable que a una persona de pocos años se le
permita conducir.
En el cerebro humano la
corteza pre frontal entre sus funciones tiene: el control de los impulsos, el
autocontrol y supervisión, solución de los problemas, criterio, pensamiento
crítico entre otros, y dicha parte de nuestro cerebro alcanza su madurez a la
edad de 25 años, es cierto que cuando el individuo tiene 18 años su proceso es
avanzado pero aún no ha concluido todo su desarrollo y madurez; luego entonces
¿porqué permitir que un adolescente de 12 años conduzca una cuatrimoto?,
¿porqué darle la llave de la motocicleta a tu hijo de 16 años para que vaya a
la preparatoria?, quizás a aprendido a conocer como funciona el vehículo, pero
no cuenta con la suficiente madurez para ser responsable de conducirlo. Su
corteza prefrontal no ha madurado.
Es conveniente hacer una
invitación a los padres de familia, para que realicen un serio discernimiento
si es correcto permitirle a su hijo adolescente que esté frente a un volante,
quizás algunos papás ponen como argumentos el que ellos pueden ayudar a la
familia facilitando algunos mandados, que puedan ir a sus lugares de estudio de
una forma más cómoda, o simplemente porque quieren darle gusto a ese deseo que
el hijo/a anhela.
Todo este fenómeno de la
abundancia de motocicletas conducidas por adolescentes y jóvenes, pone a la luz
una realidad compleja donde interactúan varios actores: padres de familia que
de manera irresponsable permiten que sus hijos se pongan frente a un volante,
adolescentes y jóvenes que por moda, por querer experimentar emociones no
alcanzan a darse cuenta de la responsabilidad que conlleva conducir un
vehículo, autoridades que por diferentes motivos se han visto débiles,
permisivos, y les ha faltado firmeza
para aplicar las normas de la circulación, leyes que no respetan y no impulsan
a la sociedad a que las cumplan. Pidamos por todas las familias, para que, en
papás e hijos adolescentes entre la cordura y la prudencia, y eviten tantos
accidentes y decesos.

