HACIA UNA MADUREZ PSICOLOGICA Y ESPIRITUAL 2026| SALUD, ENFERMEDAD Y VIDA ESPIRITUAL - MAR ADENTRO - Seminario de Información y Evangelización de la Arquidiócesis de Acapulco

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sábado, 29 de agosto de 2026

HACIA UNA MADUREZ PSICOLOGICA Y ESPIRITUAL 2026| SALUD, ENFERMEDAD Y VIDA ESPIRITUAL

 



Mtra. Psic. Olga Margarita Rivera O. | Codipacs Chilpancingo-Chilapa


En el artículo anterior, analizábamos cómo está formada íntegramente la persona en sus dimensiones, espíritu, alma, cuerpo, y descubrimos cómo las otras dimensiones, que muchas veces desconocemos, están estrechamente unidas a nuestro ser persona.

Vimos todas estas dimensiones desde el punto de vista del teólogo y filósofo Ramón lucas, desde la perspectiva de las diferentes teorías psicológicas y lo que el Magisterio de la Iglesia nos enseña.

El día de hoy, para entrar en el tema es necesario hacer una pequeña reflexión: Cuando se nos descompone el automóvil, ¿a quién recurrimos? obviamente al mecánico, cuando se nos descompone el reloj ¿Quién nos ayuda? El relojero, cuando nuestro cuerpo se enferma ¿con quien acudimos? Con el médico claro, pero cuando se enferma el espíritu… ¿a quién recurrimos?

Y es justo en este punto cuando nos damos cuenta que no sabemos qué hacer o con quien debemos ir a recibir ayuda.

Cada vez es más habitual, especialmente en las sociedades consumistas, recurrir a expertos que alivien los sufrimientos psicológicos y ayuden a recobrar la energía para vivir, ya que el estado del espíritu humano y las patologías psíquicas, así como algunas enfermedades del cuerpo logran alterar de manera importante el equilibrio que debiera existir entre todas las dimensiones del ser persona.

Para lograr ese equilibrio es necesario conocer la verdad sobre uno mismo y las debilidades para recobrar la libertad; sólo así podrá cada uno atreverse a tomar opciones conscientes y hacerse responsable de su vida.

Salud Y Enfermedad

Según la Organización Mundial de la Salud, la salud es “un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades”; la enfermedad, por lo tanto, puede ser entendida como cualquier alteración en esas tres dimensiones.

Se habla de enfermedad orgánica (física) cuando el proceso anormal tiene como causa inicial o provoca un defecto en los órganos del cuerpo o en una función fisiológica del organismo (por ej. La diabetes, el cáncer, la meningitis).

La enfermedad psíquica o mental, en cambio, se manifiesta sobre todo en el actuar humano y en las funciones unidas a la esfera psíquica como los sentimientos, las emociones, los pensamientos y las actitudes.

Si esta definición se toma en sentido literal, está claro que no se encontrará ninguna persona sana en el mundo, donde la perfección es sólo un deseo; San Agustín escribió: “el cuerpo está sujeto a tantas enfermedades, que ni los libros de los médicos las contienen todas, la mayor parte de los remedios y medicinas son otros tantos tormentos para librar al hombre de una pena con la ayuda de otra”.

Lo que más nos interesa no es la enfermedad, sino la persona enferma que desea encontrar sentido a su sufrimiento y alguien en quien apoyarse.

Por vida espiritual entendemos aquella que debería desear cualquier persona: hacer crecer las capacidades esenciales de nuestra naturaleza, desarrollar la inteligencia y la libre voluntad; significa conocer mejor la verdad, amar intensamente el bien, va más allá de la mera satisfacción de las necesidades materiales.

Para el cristiano quiere decir imitar a Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, que nos da el ejemplo de su existencia terrena dirigida a un fin y con un significado preciso: “cumplir la voluntad de su Padre”.

Descubrir esta voluntad será un auténtico camino de vida espiritual, cuanto más se supere una persona así misma, más espiritual será su existencia, no se concentrará tanto en sus intereses o necesidades, sino que mirará hacia fuera de sí, en busca de Dios, de los demás, del sentido último.

La relación entre enfermedad espiritual es difícil de entender, pero se ilumina con la vida de Jesús, muerto en la cruz, la enfermedad y la vejez nos recuerdan que todos estamos de paso.

El papel del médico es de gran importancia; la Sagrada Escritura dice: “honra al médico como corresponde, porque también a él lo creo el Señor” (Eclo. 38, 1). Después afirma claramente que nuestra salud está sobre todo en las manos de Dios: “la curación procede del Altísimo y el médico recibe presentes del rey. La ciencia del médico afianza su prestigio y él se gana la admiración de los grandes. El Señor hizo brotar las plantas medicinales y el hombre no las desprecia. ¿Acaso una rama no endulzó el agua, a fin de que se conocieran sus propiedades? El Señor dio a los hombres la ciencia, para ser glorificado por sus maravillas. Con esos remedios el médico cura y quita el dolor, y el farmacéutico prepara sus ungüentos. Así, las obras del Señor no tienen fin, y de él viene la salud a la superficie de la tierra. Si estás enfermo, hijo mío, no seas negligente, ruega al Señor, y él te sanará” (Eclo. 38, 2-9)

Desde hace veinte siglos los cristianos disponen de herramientas concretas de diagnóstico que permiten hacer un chequeo al corazón humano; en todo caso, antes deberá diagnosticar la enfermedad en el nivel cuerpo, en el nivel del alma y en el nivel del espíritu.

El médico puede ayudar al ser humano a vivir en paz y armonía con su cuerpo y con su alma a todos los niveles, también en el más alto: tradicionalmente llamado espíritu. El “espíritu” en el lenguaje de las Sagradas Escrituras, muchas veces es sinónimo de “corazón”, pero significa además la profundidad del corazón en contraste con la psique, que sería la parte más exterior, más unida al cuerpo y, por tanto, menos libre.

Pero antes de proceder a un examen exhaustivo del estado espiritual, sería bueno concentrarse en el corazón del hombre. Este no es sólo un órgano extremadamente importante de su cuerpo. Sino también, desde el punto de vista cristiano, su centro espiritual, porque el misterio de la persona está oculto en el corazón (1 Pe. 3,4). Allí descubre su identidad por medio de la relación con Dios, con los santos, con los ángeles, con los otros e incluso con los demonios.

Y quien elige cuidar el corazón espiritual, ciertamente ha encontrado el punto de partida de una vida sana y feliz.

En todo procedimiento terapéutico de tipo espiritual, es esencial adoptar una actitud de profundo arrepentimiento, tener presente la cercanía de la muerte y considerar el juicio final.

En la Iglesia de Oriente los pastores animan a pedir a Dios el don de las lágrimas, que permite liberar las emociones bloqueadas y perdonarse a uno mismo y a los demás, lo que supone el milagro de una vida nueva y mejor. Y para que el milagro de una verdadera transformación de la persona se realice, hay que desear sin cesar, experimentar la presencia de Dios.

Y puesto que tanto el cuerpo como el espíritu poseen una dimensión relacional, vamos a proponer en este primer momento, algunos métodos concretos que nos permitirán abrir, totalmente, nuestro corazón a Dios:

·       En primer lugar: el ayuno, el rezo de los salmos, del rosario y la práctica de la “oración de Jesús”.

·       En segundo lugar: la lectura de los Evangelios y la participación en los sacramentos, especialmente en la Eucaristía, pues el Evangelio y la eucaristía son las dos realidades que conservan el fundamento de la fe cristiana como fuente de vida y don que devuelve la salud.

A los profesionales de la salud y a quienes tengan algo que ver con el sufrimiento humano, les ayudarán las palabras que Benedicto XVI escribió comentando la capacidad dada por Jesús a los doce apóstoles de curar toda enfermedad y dolencia (Mt. 10, 1): “quien quiera curar realmente al hombre, ha de verlo en su integridad y debe saber que su última curación sólo puede ser el amor de Dios”.

Nos vemos la próxima semana…

 

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