Mtra. Psic. Olga Margarita Rivera O.
| Codipacs Chilpancingo-Chilapa
En el artículo anterior, analizábamos
cómo está formada íntegramente la persona en sus dimensiones, espíritu,
alma, cuerpo, y descubrimos cómo las otras dimensiones, que muchas
veces desconocemos, están estrechamente unidas a nuestro ser persona.
Vimos todas estas dimensiones desde
el punto de vista del teólogo y filósofo Ramón lucas, desde la perspectiva de
las diferentes teorías psicológicas y lo que el Magisterio de la Iglesia nos
enseña.
El día de hoy, para entrar en el tema
es necesario hacer una pequeña reflexión: Cuando se nos descompone el
automóvil, ¿a quién recurrimos? obviamente al mecánico, cuando se nos
descompone el reloj ¿Quién nos ayuda? El relojero, cuando nuestro cuerpo se
enferma ¿con quien acudimos? Con el médico claro, pero cuando se enferma el
espíritu… ¿a quién recurrimos?
Y es justo en este punto cuando nos
damos cuenta que no sabemos qué hacer o con quien debemos ir a recibir ayuda.
Cada vez es más habitual,
especialmente en las sociedades consumistas, recurrir a expertos que alivien
los sufrimientos psicológicos y ayuden a recobrar la energía para vivir, ya que
el estado del espíritu humano y las patologías psíquicas, así como algunas
enfermedades del cuerpo logran alterar de manera importante el equilibrio que
debiera existir entre todas las dimensiones del ser persona.
Para lograr ese equilibrio es
necesario conocer la verdad sobre uno mismo y las debilidades para recobrar la
libertad; sólo así podrá cada uno atreverse a tomar opciones conscientes y
hacerse responsable de su vida.
Salud Y Enfermedad
Según la Organización Mundial de la
Salud, la salud es “un estado de completo bienestar físico,
mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades”; la
enfermedad, por lo tanto, puede ser entendida como cualquier alteración en esas
tres dimensiones.
Se habla de enfermedad orgánica
(física) cuando el proceso anormal tiene como causa inicial o provoca un
defecto en los órganos del cuerpo o en una función fisiológica del organismo (por
ej. La diabetes, el cáncer, la meningitis).
La enfermedad psíquica o mental, en
cambio, se manifiesta sobre todo en el actuar humano y en las funciones unidas
a la esfera psíquica como los sentimientos, las emociones, los pensamientos y
las actitudes.
Si esta definición se toma en sentido
literal, está claro que no se encontrará ninguna persona sana en el mundo,
donde la perfección es sólo un deseo; San Agustín escribió: “el cuerpo está
sujeto a tantas enfermedades, que ni los libros de los médicos las contienen
todas, la mayor parte de los remedios y medicinas son otros tantos tormentos
para librar al hombre de una pena con la ayuda de otra”.
Lo que más nos interesa no es la
enfermedad, sino la persona enferma que desea encontrar sentido a su
sufrimiento y alguien en quien apoyarse.
Por vida espiritual
entendemos aquella que debería desear cualquier persona: hacer crecer las
capacidades esenciales de nuestra naturaleza, desarrollar la inteligencia y la
libre voluntad; significa conocer mejor la verdad, amar intensamente el bien,
va más allá de la mera satisfacción de las necesidades materiales.
Para el cristiano quiere decir imitar
a Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, que nos da el ejemplo de su
existencia terrena dirigida a un fin y con un significado preciso: “cumplir
la voluntad de su Padre”.
Descubrir esta voluntad será un auténtico camino
de vida espiritual, cuanto más se supere una persona así misma, más espiritual
será su existencia, no se concentrará tanto en sus intereses o necesidades,
sino que mirará hacia fuera de sí, en busca de Dios, de los demás, del sentido
último.
La relación entre enfermedad
espiritual es difícil de entender, pero se ilumina con la vida de Jesús, muerto
en la cruz, la enfermedad y la vejez nos recuerdan que todos estamos de paso.
El papel del médico es de gran importancia;
la Sagrada Escritura dice: “honra al médico como corresponde, porque también
a él lo creo el Señor” (Eclo. 38, 1). Después afirma claramente que nuestra
salud está sobre todo en las manos de Dios: “la curación procede del
Altísimo y el médico recibe presentes del rey. La ciencia del médico afianza su
prestigio y él se gana la admiración de los grandes. El Señor hizo brotar las
plantas medicinales y el hombre no las desprecia. ¿Acaso una rama no endulzó el
agua, a fin de que se conocieran sus propiedades? El Señor dio a los hombres la
ciencia, para ser glorificado por sus maravillas. Con esos remedios el médico
cura y quita el dolor, y el farmacéutico prepara sus ungüentos. Así, las obras
del Señor no tienen fin, y de él viene la salud a la superficie de la tierra.
Si estás enfermo, hijo mío, no seas negligente, ruega al Señor, y él te sanará”
(Eclo. 38, 2-9)
Desde hace veinte siglos los
cristianos disponen de herramientas concretas de diagnóstico que permiten hacer
un chequeo al corazón humano; en todo caso, antes deberá diagnosticar la
enfermedad en el nivel cuerpo, en el nivel del alma y en el nivel del espíritu.
El médico puede ayudar al ser humano
a vivir en paz y armonía con su cuerpo y con su alma a todos los niveles, también
en el más alto: tradicionalmente llamado espíritu. El “espíritu”
en el lenguaje de las Sagradas Escrituras, muchas veces es sinónimo de “corazón”,
pero significa además la profundidad del corazón en contraste con
la psique, que sería la parte más exterior, más unida al cuerpo y, por tanto,
menos libre.
Pero antes de proceder a un examen
exhaustivo del estado espiritual, sería bueno concentrarse en el corazón del
hombre. Este no es sólo un órgano extremadamente importante de su cuerpo.
Sino también, desde el punto de vista cristiano, su centro espiritual, porque
el misterio de la persona está oculto en el corazón (1 Pe. 3,4). Allí descubre
su identidad por medio de la relación con Dios, con los santos, con los
ángeles, con los otros e incluso con los demonios.
Y quien elige cuidar el corazón
espiritual, ciertamente ha encontrado el punto de partida de una vida sana y
feliz.
En todo procedimiento
terapéutico de tipo espiritual, es esencial adoptar una actitud de
profundo arrepentimiento, tener presente la cercanía de la muerte y considerar
el juicio final.
En la Iglesia de Oriente los pastores
animan a pedir a Dios el don de las lágrimas, que permite liberar las emociones
bloqueadas y perdonarse a uno mismo y a los demás, lo que supone el milagro de
una vida nueva y mejor. Y para que el milagro de una verdadera transformación
de la persona se realice, hay que desear sin cesar, experimentar la presencia
de Dios.
Y puesto que tanto el cuerpo como el
espíritu poseen una dimensión relacional, vamos a proponer en este primer
momento, algunos métodos concretos que nos permitirán abrir, totalmente,
nuestro corazón a Dios:
· En primer lugar: el ayuno, el rezo de los
salmos, del rosario y la práctica de la “oración de Jesús”.
· En segundo lugar: la lectura de los
Evangelios y la participación en los sacramentos, especialmente en la
Eucaristía, pues el Evangelio y la eucaristía son las dos realidades que
conservan el fundamento de la fe cristiana como fuente de vida y don que
devuelve la salud.
A los profesionales de la salud y a
quienes tengan algo que ver con el sufrimiento humano, les ayudarán las
palabras que Benedicto XVI escribió comentando la capacidad dada por Jesús a
los doce apóstoles de curar toda enfermedad y dolencia (Mt. 10, 1): “quien
quiera curar realmente al hombre, ha de verlo en su integridad y debe saber que
su última curación sólo puede ser el amor de Dios”.
Nos vemos la próxima semana…
