Mons. Leopoldo González González
Desde
el año 2011, cada 30 de Agosto, se celebra el “Día Internacional de los
Desaparecidos”. Su finalidad es permitir a la Comisión de los Derechos Humanos
de la ONU presentar el número de desapariciones forzadas que se han producido
en el mundo durante el año, compararlas con las sufridas en años anteriores,
proponer soluciones y aunar esfuerzos con los gobiernos de los países donde se
presenta este crimen. Sin embargo, la verdadera intención de este día es dar
voz ante el mundo a quienes han sido víctimas de la desaparición forzada y
plantear estrategias para que este crimen no continúe. Esta conmemoración
también sirve para que todos tomemos conciencia de la gravedad de esta
problemática y nos unamos a los múltiples esfuerzos que ya se están realizando
en la sociedad para buscar caminos de solución.
Actualmente
la desaparición forzada es uno de los delitos lacerantes más graves que afectan
a la sociedad. Son muy muchas las personas desaparecidas en nuestra Patria. Por
las noticias hemos sabido que en cifras oficiales, en estos siete meses, de
enero a julio, en nuestro estado, de 394 personas reportadas siguen
desaparecidas 246, sin especificar si las encontradas estaban vivas o muertas.
No se trata de un simple dato estadístico. Cada una de estas personas tiene una
historia, una familia que queda profundamente lastimada, un proyecto de vida
truncado, un reclamo de justicia y de verdad.
En la
Agenda Nacional de Paz, se nos hace ver “la corresponsabilidad de todos en la
búsqueda de las personas desaparecidas” como uno de los procesos necesarios
para la construcción de la paz y se indica que “la acción que realizan las
familias y colectivos (en busca de personas desaparecidas) serán efectivas en
la medida en que las instituciones asuman su responsabilidad y la sociedad se
solidarice con ellas”. El Cardenal Parolín en su reciente visita a nuestra Patria
expresaba: “La paz es un
trabajo artesanal que comienza con la empatía al dolor del otro”. Y nos
impulsaba a acompañar a las víctimas de las violencias y a las madres
buscadoras, compartiendo su dolor y caminando junto a ellas en la búsqueda de
verdad, justicia y paz. Sigamos
en el esfuerzo por mantenernos sensibles al profundo dolor de estas personas,
orar expresamente por ellas en nuestras celebraciones de la Eucaristía, y
acompañarlas según nuestras posibilidades. Les pido motivar a la comunidad a
expresarles una palabra de cercanía y fortaleza en cesto o buzón que se ponga
con ocasión de las celebraciones por las Víctimas de las violencias.
+ En reuniones con algunas personas de
colectivos de búsqueda, con familiares de personas desaparecidas y con agentes
de la pastoral social se vio necesario mirar algunas medidas preventivas, sobre
todo para jóvenes. Comparto algunas de ellas que miran al fortalecimiento de
los factores de protección familiar: promover una comunicación abierta y de
confianza entre padre, madre e hijos; acuerdos familiares sobre horarios,
lugares frecuentados y formas de contacto; atención a señales que hablan de
riesgo: cambios bruscos de conducta, aislamiento, amenazas, contacto con
personas desconocidas; establecer un modo de comunicar cambios repentinos de
planes o de ruta; tener información reciente de cada uno de los miembros de
casa: fotografía, señas particulares, ropa que usa; cuidar la solución pacífica
de los conflictos en el hogar; cada mañana saludarnos mirándonos al rostro y,
según lo que miramos, preguntarnos cómo estamos. Mucho se nos ha orientado
sobre la prudencia del manejo de datos personales en las redes sociales, y no
deslumbrarnos por ofertas de trabajo cuya entrevista no permite ir acompañados
de los papás. Seamos muy prudentes en ello.