L.C.
Héctor García | Codipacs Chilpancingo
"Crezcan
en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo: a él la
gloria, ahora y hasta el día de la eternidad. Amén" (2a Pedro 3,18)
Crecer en la gracia y el conocimiento de
nuestro Señor es un mandato.
San Pedro no dice si pueden crezcan, lo
ordena. Y es que realmente, no se puede tener los mismos sentimientos de Cristo
Jesús (Filipenses 2,5) si no lo conocemos. Nunca podríamos hablar de una vida
que no conocemos , ni hemos experimentado.
Usted puede ir a una universidad y obtener
un grado académico después de algunos años, tendrá que esforzarse estudiando
mucho, probablemente, usted tendrá mucho prestigio después de terminada su
carrera, hasta se podrá creer superior a los demás aunque haya sido un
estudiante mediocre.
Sin querer ofender a nadie, yo siento
compasión de algunos llamados doctores en teología, porque por algunos años
acudieron a un seminario o a una universidad, se llaman a sí mismo conocedores
de la voluntad de Dios.
¡Pobrecito el Señor Jesús que nunca fue a
ninguna universidad! Él declaró su humildad cuando dijo respecto al juicio
final que nadie sabía el día ni la hora, ni los ángeles de Dios, ni siquiera el
hijo sino solo el Padre (Mateo 24,36).
Hágale
usted la misma pregunta a uno de estos “teólogos de moda”, no solamente le dará
el día y la hora, sino que le dirá que comerán las tres divinas personas de la
Santísima Trinidad tres días antes del juicio, ellos lo saben todo.
Son como aquella hormiguita doctora en
teología a quien en una ocasión, una de las hormigas laicas le preguntó que
como era la diosa hormiga, la hormiga teóloga le contestó que la hormiga diosa
tenía dos aguijones en lugar de uno, la hormiga laica le pregunta nuevamente si
en la resurrección ellas serían semejantes a la diosa hormiga, la teóloga le
contestó que si, pero que el segundo aguijón sería mucho menor, aunque no se
sabía exactamente, donde estaría ubicado en el cuerpo glorioso de la hormiga.
Como
la hormiguita, muchos pretenden ser sabios porque hablan como necios (Job 38,1-38;
39, 1-30). ¡ Pobre de los que se creen sabios y se consideran inteligentes!
(Isaías 5,21; Proverbios 3, 7-8; 26,12; Romanos 1,22; 12,16).
Dice San Pablo en su primera carta a los
Corintios: "Que nadie se engañe. Si alguno se cree sabio según los
criterios de este mundo, hágase necio para llegar a la verdadera sabiduría.
Pues la sabiduría de este mundo es necedad ante Dios" (1ª Corintios 3,18-19).
Crecer en el conocimiento de Cristo es
mucho más difícil, el Señor Jesús hizo muchas otras cosas distintas a las que
se mencionan en la Biblia, que no habría lugar en el mundo para tantos libros
(Juan 20, 30; 21, 25).
Es necesario pues, comenzar a estudiar la
Palabra de Dios con reverencia y veneración. El solamente leer la Biblia por el
simple hecho de que es un buen libro para estudiarlo, no tiene ningún sentido,
antes bien, debo de preguntarme a mí mismo como sacarle provecho a su lectura,
estudio y meditación para mi crecimiento espiritual.
Debemos, al inicio de nuestro estudio,
decirle al Señor como el profeta Samuel: Habla Señor, que tu siervo escucha (1ª
Samuel 3, 10), instrúyeme, que sediento estoy de ti (Salmo 63,1; 42,1-3).
Para escuchar la palabra de Dios, cuestionándonos
en lo más profundo de nuestro ser, hay que aprender a guardar silencio. Después
de que usted ha terminado su estudio, pregúntele al Señor en oración: ¿Qué
quiere decirme con ésta lectura Señor? La respuesta, se la dará el Señor en lo
más profundo de su corazón después de algún tiempo de meditación y de oración.
Hasta
entonces se encontrará en Cristo la fuerza y la sabiduría de Dios, recordando
que la necedad de Dios es más sabia que la sabiduría de los hombres; y que la
debilidad de Dios es mucho más fuerte que la fuerza de los hombres (1ª
Corintios 1,25). Conociendo las escrituras, comenzamos a conocer a Dios y nadie
puede hablar de Dios si no se le conoce.
Se cuenta de un seminarista que siempre
hacía la misma pregunta: "¿Qué puedo hacer para encontrar a Dios?". El
siempre recibía la misma respuesta: "A través del desearlo con todo tu
corazón, con vehemencia, ardiente y fervientemente ". y él seminarista se
decía: " Yo deseo conocer a Dios con toda mi alma. ¿ Por qué no lo he
encontrado?".
Un día, los seminaristas se encontraban
nadando en una piscina. El maestro sujetó la cabeza del discípulo y la sumergió
bajo el agua. Lo mantuvo así por un tiempo, mientras el seminarista
desesperadamente luchaba tratando de soltar su cabeza de las manos del maestro.
Cuando estaban preparándose para retornar
al seminario, el maestro preguntó al alumno: "¿ Por qué luchabas con tanta
fuerza cuando te tenía sujeto bajo el agua?, " Porque quería respirar
" contestó.
El maestro le dijo: " El día que
alcances la gracia de buscar a Dios como desesperadamente buscabas el aire en
la piscina, ese día le encontraras."
¿ Ha estado usted en alguna oportunidad en
su vida desesperadamente deseando el aire que no llega a sus pulmones? Esto se
siente especialmente cuando usted está nadando debajo del agua, cuando está
limpiando un cuarto sumamente polvoso y contiene su respiración para evitar que
el polvo no llegue a sus pulmones o cuando están pasando cerca de usted
vehículos diesel que han dejado extremadamente contaminado el lugar en el que
usted se encuentra.
Contener la respiración es desesperante.
Con la misma desesperación debemos de buscar a Dios, solamente
hasta entonces, le podremos encontrar. Pero encontrarle no es todo, ya que es
él quien ha estado por siempre buscándonos. El Señor se deja hallar por los que
no preguntan por él y se deja encontrar por los que no le buscan (Isaías 65,1).
Cuando le hemos encontrado, o mejor dicho, cuando él nos ha encontrado, es
cuando debemos comenzar inmediatamente a conocerle.
El
rey David ordenó a su pueblo que se dedicaran de todo corazón y alma a buscar a
Yahvé (1ª Crónicas 22,19; 16,11; Deuteronomio 4,29;). A su hijo Salomón le
pidió que le sirviera enteramente de corazón y cariñosamente, que lo buscara
para que él se dejara encontrar (1 Crónicas 28,9).
David estaba verdaderamente desesperado por
Dios, solo basta leer el salmo 42 para saberlo:
" Como anhela la cierva, estar junto
al arroyo,
así mi alma desea, Señor, estar contigo.
Sediento estoy de Dios, del Dios que me da
vida,
¿ Cuándo iré a contemplar el rostro del Señor?
Lágrimas son mi pan durante noche y día
cuando oigo que me dicen: ¿ Dónde está tu Dios?
Yo me acuerdo, y mi alma dentro de mí se
muere
por ir hasta tu templo, a tu casa, mi Dios,
entre vivas y cantos de la turba feliz".
(Salmo 42,1-5)

