Uno de los temas más frecuentes de
las enseñanzas recogidas por la Filocalia es la curación del corazón. El
corazón constituye el centro espiritual de la persona y el lugar donde se
realiza la inhabitación de Dios, además, juega un papel unificador entre la
esfera espiritual y la esfera física del hombre.
Quien se proponga examinar lo que
sucede en el corazón, ha de tener en cuenta que éste se encuentra
expuesto tanto a la acción de Dios, como a la influencia del maligno, es decir,
tanto a los pensamientos buenos como a los malos; estos últimos son los que
conducen a la enfermedad y, en casos extremos, a la muerte espiritual.
Purificar el corazón de todos los
males es, por tanto, una condición indispensable para transformar al hombre por
medio del combate espiritual, la vigilancia del corazón, la atención y el
cuidado, a fin de no permitir que entren en él imágenes y pensamientos
destructivos. Desde el principio, los Padres de la Iglesia han hecho hincapié
en la necesidad de esforzarse durante el tiempo de la meditación para que el
cuerpo mantenga una actitud correcta y para que respire de manera adecuada; gracias
a este ejercicio se consigue apaciguar el corazón, poner en juego las distintas
dimensiones del hombre y abrirlas a la presencia de Dios.
Y para lograr esto veremos algunas
condiciones que el corazón necesita para alcanzar abrirse a Dios:
1.- UN CORAZÓN PENSANTE
Según la comprensión bíblica, el
corazón es el lugar donde interaccionan dos formas de “energía” que influy6en
de forma decisiva en la vida espiritual:
la gracia y la ilusión; ambas formas de “energía” dan lugar a tres
clases de fervor: la primera está provocada por la gracia, la segunda por la
ilusión o el pecado, y la tercera “por el exceso de sangre”, lo cual hace
alusión al temperamento fogoso.
La energía de la gracia es el fuego
espiritual que, durante cierto tiempo calienta y purifica el alma, apacigua
toda clase de tentaciones y sujeta los instintos del cuerpo; esta energía llena
el corazón de alegría y bienestar; los signos de su presencia son las lágrimas,
el arrepentimiento, la humildad, el autodominio, el silencio, la paciencia y la
modestia.
Cualidades completamente opuestas
caracterizan la fuerza de la ilusión, que es un deseo pecaminoso; ella inflama
esos pensamientos del alma que suscitan los deseos del placer sensual y la
conducen a un estado de caos interior y de indolencia, su objetivo es tomar
posesión del alma para que esta, al concentrarse en saciar deseos
concupiscentes, rechace la gracia.
San Gregorio Palamas enseñaba que los
pensamientos nacen en el intelecto, luego se transforman en pasión e influyen
en el corazón. El hombre que no cumple la voluntad de Dios, aun cuando
sea creyente, verá como su corazón se transforma en un “taller de malos
pensamientos” que lo contaminan por medio de la codicia.
San Gregorio el Sinaíta dice: “en el
corazón del que emprende el camino espiritual actúan dos fuerzas: el bien y el
mal ¿A qué se debe que el hombre tenga buenos y malos pensamientos? No a que el
Espíritu Santo y el demonio cohabiten en el corazón del hombre, sino a que
“este ni ha tomado de verdad conciencia de la bondad del Señor ni la ha
experimentado”
Cuando el hombre se ha abierto a la
bondad de Dios y ha progresado en la práctica de las virtudes, su corazón se
vuelve hacia el bien y se hace semejante a una fuente pura. Según San Diádoco
de Fótice, la gracia y el pecado no pueden cohabitar en un mismo corazón.
Satán nunca logró conocer la verdadera luz, que no brilla en él; por
consiguiente, el hombre, después de oír hablar del poder y de los milagros del
Hijo de Dios, debería disipar las tinieblas de su corazón.
El objetivo que el diablo se esfuerza
por lograr es empujar al hombre a infringir los mandamientos de Dios insinuando
malos pensamientos en su corazón, su estrategia consiste en llevar al hombre,
una vez que ha acogido estos pensamientos, a expresar en palabras y en actos
eso que ha tomado forma en él.
Discernir los pensamientos que
aparecen en el corazón es extremadamente importante en la vida espiritual,
algunos pensamientos proceden del enemigo y son malos, y otros vienen de
nosotros mismos.
2.- UN CORAZÓN PURIFICADO
En el camino del conocimiento de
Dios, resulta extremadamente importante purificar el corazón de toda
concupiscencia, esta purificación supone un combate despiadado e incesante;
para triunfar en esta lucha, resulta indispensable perseverar en la vigilancia
del corazón y saber discernir entre los diferentes pensamientos que se
presentan.
Gracias a la presencia del Espíritu
Santo, que transforma completamente el cuerpo y el alma del hombre, es posible
entonces “despojar por entero los sentidos y el centro espiritual de la
persona, de las actividades naturales ligadas a las cosas conocidas por los
sentidos y accesibles por el intelecto.
Los sentidos presentan al ser humano
la variedad de imágenes de las cosas materiales, el que se concentre en ellas
se confundirá.
San Hesiquio el Sinaíta señaló que
los pensamientos entran en el corazón bajo la forma de representaciones
vinculadas con un objeto conocido de los sentidos, por tanto, el corazón debe
en primer lugar purificarse de todos los pensamientos imaginativos, para que el
corazón puro, liberado por completo, sea iluminado.
3.- UN CORAZÓN VIGILADO Y VIGILANTE
Para los Padres de la Iglesia, la
vigilancia del corazón constituye la clave del trabajo espiritual ¿en qué
consiste para los Padres esta particular forma de vigilancia que consideran
fundamental? En la obra titulada “Tres modos de oración”, atribuida a
San Simeón el Nuevo Teólogo, este asceta elabora una lista de distintos términos
para definir la vigilancia del corazón: custodia, apaciguamiento, atención,
examen de los pensamientos. Todos los Padres llegan a ellos a partir de su
experiencia de aquello que les ha sucedido en el terreno de su propio corazón.
San Isaías el Solitario está
convencido de la necesidad de vigilar el corazón mientras uno vive en esta
tierra, o sea, en el cuerpo, pues el hombre, hasta su último suspiro, no puede
prever que concupiscencia vendrá a atacarlo. Vigilar el corazón supone romper
con el mal y averiguar cómo los pecados y las pasiones se transforman en
concupiscencia. San Nicéforo el Eremita afirma que resulta muy difícil
perseverar en la radicalidad, de manera que es fundamental aspirar a ella con
todas nuestras fuerzas, para conservar el corazón sin pecado. En la práctica
hay que esforzarse en la vigilancia tanto del cuerpo, como del alma, pues, así
como el cuerpo se mancha por unas relaciones sexuales impuras con otro cuerpo,
el alma también lo hace por la unión con el mal y con los pensamientos impuros.
Conviene, por tanto, seguir este
consejo de San Simeón Metafrasto: “vigila tu corazón con diligencia, pues la
vida tiene allí su fuente”, para que esto sea posible, hay que unir la
vigilancia del corazón con la escucha de la Palabra divina, tenemos que desarrollar
y entrenar nuestro corazón para que no nos engañen unos pensamientos que
conducen a la rebeldía, la rebelión o la arrogancia.
Si el ser humano no se acuerda
continuamente de Dios y adquiere un sólido conocimiento para discernir la
naturaleza de los pensamientos, será capaz de identificar los que quieren
penetrar en él y pueden mancharlo; discernir los malos pensamientos es, por
utilizar la imagen que propone Mateo en su Evangelio, como pillar a los
ladrones dentro de la casa que pretenden robar.
San Juan Casiano advierte de que, si
la casa del corazón no está vigilada, se llena de malos pensamientos, de
imágenes impuras y de toda clase de pecados. La vigilancia del corazón, además
de mencionarse en el Nuevo Testamento también esta presente en el Antiguo
Testamento, el corazón e3s uno de los temas principales de los salmos, no debe
extrañar, por tanto, que los Padres de la Iglesia hayan citado con predilección
los salmos, que constituían una parte importante de su relación cotidiana con
Dios.
4.- UN CORAZÓN ATENTO
Perseverar en ola atención tiene gran
importancia de frente al proceso de purificación del corazón. ¿Qué es la
atención? Para responder a esta pregunta, puede ayudar en buena medida la
siguiente sentencia de San Hesiquio de Jerusalén: “La atención es el
apaciguamiento del corazón, purificado de todo pensamiento”. Cuando logra tal
estado, el corazón invoca continuamente a la persona de Jesucristo.
Mi8entras permanece atento, el
corazón puede hacer la experiencia de ser tomado por Cristo, que lo llena de su
divinidad.
Según San Marcos el Eremita, este
esfuerzo de atención del corazón exige para ser eficaz que estemos dispuestos a
aceptar el sufrimiento, sean maltratos o humillaciones provenientes de la
crueldad de quienes nos rodean.
No basta con conservar nuestro
corazón en la humildad, igualmente hemos de estar dispuestos a rechazar a
nuestros enemigos (el mundo, la carne y el demonio), a reflexionar sobre la
hora de nuestra muerte y a pedir socorro a Jesucristo, lo cual, según San
Hesiquio, es la condición para hacernos dignos de la iluminación.
Continuará. . . .
