La castidad, un cofre precioso que guarda toda vocación
Seminarista Audel Teresa Barrera
La formación inicial es un camino de configuración progresiva con Cristo que nos llama a vivir en la castidad como signo de una entrega y de un amor verdadero. Sé también que los jóvenes que sienten el llamado al sacerdocio en el fondo experimentan que su corazón sólo puede ser saciado con lo que Cristo les ofrece. Ya que ninguno de nosotros los seminaristas abrazamos la castidad como una mera norma de disciplina que la Iglesia nos impone, sino que lo hacemos como una respuesta a una llamada concreta del Señor: Dios nos ama y queremos amarle corespondiendole a ese amor primero. Así descubrimos que la castidad no es una negación al amor, sino una educación del corazón para amar de una manera más profunda y verdadera.
Dice Amedeo : «cada vez estoy más convencido de que la virginidad es verdaderamente un símbolo que sintetiza el sentido de la entrega; su clave de interpretación, por así decirlo, una especie de cofre precioso que la encierra». Y es que cuando se ama el corazón se guarda para la persona que se ama. Es por eso que la castidad es la cajita preciosa que guarda a toda la vocación. Y no sólo el seminarista tiene que vivirlo, «todo hombre y toda mujer son vírgenes o están llamados a hacerlo; creo que en todo corazón humano hay un espacio que sólo puede ser ocupado por Dios, una exigencia de amor que sólo el Eterno puede colmar, porque somos criaturas suyas, venimos de Él y estamos destinados a volver a Él».
Por eso todos los cristianos tenemos que preguntarnos: ¿A quién estoy entregando mi corazón y para qué estoy formando mi capacidad de amar? Y dirigiendome a los seminaristas y seminaristas en familia, el sacerdote encuentra en Jesucristo su modelo fundamental de su identidad. Él no vivió para sí mismo; toda su existencia estuvo orientada al Padre y entregada por la salvación de la humanidad. Nosotros estamos llamados a contemplar esta forma de vida y dejarnos transformar por ella, en la vida de Cristo la castidad sacerdotal encuentra su fundamento. Este estilo de vida no solo la tenemos que reducir a no tener relaciones sexuales, sino que también implica una integración madura de la dimensión corporal, afectiva, psicológica y y espiritual de nuestra persona. Ser castos no quiere decir que carezcamos de sentimientos y afectos, sino que lo vivimos de una manera ordenada y responsable.
Por último, el papa Benedicto XVI en su exhortación apostólica postsinodal Sacramentum caritatis escribe: «el hecho de que Cristo mismo, sacerdote para siempre, viviera su misión hasta el sacrificio de la cruz en estado de virginidad es el punto de referencia seguro para entender el sentido de la tradición de la Iglesia latina a este respecto. No basta con comprender el celibato sacerdotal en términos meramente funcionales, en realidad, representa una especial conformación con el estilo de vida del propio Cristo».