«Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado» (Jn 17,3).
Seminarista Audel Teresa Barrera
Últimamente he estado escribiendo sobre
algunos aspectos de la dimensión intelectual, ya que muchas veces se considera
que esta es menos importante que las demás y porque para algunos el
estudio es una carga muy pesada. Sin embargo, el estudio constituye un
verdadero camino de encuentro con el Señor. El aula, no sólo es un espacio
donde se transmiten conocimientos, sino que es un lugar privilegiado donde Dios
continúa revelándose a quienes desean conocerlo, amarlo y anunciarlo.
¿Por qué estudiamos? Porque
queremos conocer a Cristo para amarle y anunciarle. Es muy cierto que toda
vocación sacerdotal nace de un encuentro personal con Jesucristo. Sin embargo,
ese encuentro necesita profundizarse continuamente mediante la oración, la vida
sacramental y también mediante el estudio. Nadie puede ignorar que en el Evangelio
se muestra cómo Jesús dedicó tiempo a enseñar a sus discípulos. No solamente
los llamó a seguirlo, sino que los fue introduciendo progresivamente en el
conocimiento del Reino de Dios. La predicación de Cristo no apelaba únicamente
a los sentimientos; sino que iluminaba la inteligencia y transformaba el
corazón de aquellos a los que él llamó.
Descubrimos que mediante
el programa de estudio de Las Sagradas
Escrituras, de la teología, de la filosofía, de la historia de la Iglesia, del
derecho canónico y de las demás disciplinas eclesiásticas se nos vislumbra la
riqueza inagotable del misterio de Cristo. Así, cada clase, cada lectura
y cada investigación representan una oportunidad para contemplar más
profundamente a Aquel que será el centro de toda nuestra vida sacerdotal.
Podemos aplicar muy atinadamente las palabras de san Jerónimo: «Ignorar las
Escrituras es ignorar a Cristo», ya que esta expresión resume el sentido
profundo del estudio en el seminario: no se estudia simplemente para aprobar
exámenes, sino para conocer cada vez mejor al Señor.
¿Qué debemos guardar en
nuestra mente y nuestro corazón? Que el aula es un lugar sagrado. Con
frecuencia se identifica la capilla como el principal lugar de encuentro con
Dios dentro del seminario, y efectivamente lo es. Sin embargo, el aula también
posee un profundo significado espiritual. En ella se escucha la verdad, se
dialoga, se aprende a pensar con la Iglesia y se busca comprender el misterio
de Dios con humildad y apertura. Allí la inteligencia se pone al servicio de la
fe y la razón se deja iluminar por la Revelación. También, el aula es sagrada
porque en ella se cultiva el amor a la verdad. Quien entra con espíritu de fe
comprende que cada lección puede convertirse en una ocasión para descubrir un
nuevo aspecto del rostro de Cristo.
El profesor es un formador
que nos acompaña en la búsqueda de la verdad. Y nosotros como seminaristas,
no solo somos simples receptores de contenidos, sino discípulos llamados a crecer en sabiduría
para servir mejor al Pueblo de Dios. Así como el altar es el lugar donde Cristo
se hace presente sacramentalmente, el aula la podemos entender como el espacio
donde el mismo Cristo, Maestro, continúa enseñando a quienes ha llamado para
anunciar su Evangelio. Me gusta pensar: mi escritorio es el altar donde ofresco
al Padre en el Hijo un sacrificio agradable. «Esta es la vida eterna: que te
conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado»
(Jn 17,3).
Nunca olvidemos que el
estudio es acto de amor. Cada hora de estudio que ofrecemos con rectitud de
intención, puede convertirse en una verdadera oración. La disciplina
intelectual educa virtudes indispensables para el ministerio sacerdotal: la
perseverancia, la humildad, la paciencia, la capacidad de escucha y el deseo
permanente de aprender. Como siempre digo a los jóvenes: quien ama desea conocer
más profundamente a la persona amada. Del mismo modo, quien ha sido llamado por
Cristo busca conocerlo cada vez mejor para anunciarlo con fidelidad.
Por último, existe una
profunda continuidad entre el aula, la capilla y la misión. En la capilla se
contempla a Cristo; en el aula se profundiza en su misterio; en la misión se
anuncia con la palabra y el testimonio. Desde el Seminario del Buen Pastor, le
deseamos a todos una feliz y bendecida semana.