«Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado» (Jn 17,3). - MAR ADENTRO - Seminario de Información y Evangelización de la Arquidiócesis de Acapulco

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viernes, 31 de julio de 2026

«Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado» (Jn 17,3).

 «Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado» (Jn 17,3).

Seminarista Audel Teresa Barrera

Últimamente he estado escribiendo sobre algunos aspectos de la dimensión intelectual, ya que muchas veces se considera que esta es menos importante que las demás y porque para algunos el estudio es una carga muy pesada. Sin embargo, el estudio constituye un verdadero camino de encuentro con el Señor. El aula, no sólo es un espacio donde se transmiten conocimientos, sino que es un lugar privilegiado donde Dios continúa revelándose a quienes desean conocerlo, amarlo y anunciarlo.

¿Por qué estudiamos? Porque queremos conocer a Cristo para amarle y anunciarle. Es muy cierto que toda vocación sacerdotal nace de un encuentro personal con Jesucristo. Sin embargo, ese encuentro necesita profundizarse continuamente mediante la oración, la vida sacramental y también mediante el estudio. Nadie puede ignorar que en el Evangelio se muestra cómo Jesús dedicó tiempo a enseñar a sus discípulos. No solamente los llamó a seguirlo, sino que los fue introduciendo progresivamente en el conocimiento del Reino de Dios. La predicación de Cristo no apelaba únicamente a los sentimientos; sino que iluminaba la inteligencia y transformaba el corazón de aquellos a los que él llamó.

Descubrimos que mediante el programa de estudio de Las Sagradas Escrituras, de la teología, de la filosofía, de la historia de la Iglesia, del derecho canónico y de las demás disciplinas eclesiásticas se nos vislumbra la riqueza inagotable del misterio de Cristo. Así, cada clase, cada lectura y cada investigación representan una oportunidad para contemplar más profundamente a Aquel que será el centro de toda nuestra vida sacerdotal. Podemos aplicar muy atinadamente las palabras de san Jerónimo: «Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo», ya que esta expresión resume el sentido profundo del estudio en el seminario: no se estudia simplemente para aprobar exámenes, sino para conocer cada vez mejor al Señor.

¿Qué debemos guardar en nuestra mente y nuestro corazón? Que el aula es un lugar sagrado. Con frecuencia se identifica la capilla como el principal lugar de encuentro con Dios dentro del seminario, y efectivamente lo es. Sin embargo, el aula también posee un profundo significado espiritual. En ella se escucha la verdad, se dialoga, se aprende a pensar con la Iglesia y se busca comprender el misterio de Dios con humildad y apertura. Allí la inteligencia se pone al servicio de la fe y la razón se deja iluminar por la Revelación. También, el aula es sagrada porque en ella se cultiva el amor a la verdad. Quien entra con espíritu de fe comprende que cada lección puede convertirse en una ocasión para descubrir un nuevo aspecto del rostro de Cristo.


El profesor es un formador que nos acompaña en la búsqueda de la verdad. Y nosotros como seminaristas, no solo somos simples receptores de contenidos, sino  discípulos llamados a crecer en sabiduría para servir mejor al Pueblo de Dios. Así como el altar es el lugar donde Cristo se hace presente sacramentalmente, el aula la podemos entender como el espacio donde el mismo Cristo, Maestro, continúa enseñando a quienes ha llamado para anunciar su Evangelio. Me gusta pensar: mi escritorio es el altar donde ofresco al Padre en el Hijo un sacrificio agradable. «Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado» (Jn 17,3).

Nunca olvidemos que el estudio es acto de amor. Cada hora de estudio que ofrecemos con rectitud de intención, puede convertirse en una verdadera oración. La disciplina intelectual educa virtudes indispensables para el ministerio sacerdotal: la perseverancia, la humildad, la paciencia, la capacidad de escucha y el deseo permanente de aprender. Como siempre digo a los jóvenes: quien ama desea conocer más profundamente a la persona amada. Del mismo modo, quien ha sido llamado por Cristo busca conocerlo cada vez mejor para anunciarlo con fidelidad.

Por último, existe una profunda continuidad entre el aula, la capilla y la misión. En la capilla se contempla a Cristo; en el aula se profundiza en su misterio; en la misión se anuncia con la palabra y el testimonio. Desde el Seminario del Buen Pastor, le deseamos a todos una feliz y bendecida semana.

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