Mons. Leopoldo González González
El jueves pasado, a los cuarenta días de la
pascua de Mons. Carlos a la Casa del Padre, celebramos la Eucaristía en la
Nueva Catedral para pedir a Dios Padre que le conceda el perdón de sus pecados
y la bienaventuranza eterna, y para agradecerle tantas bendiciones que nos ha
concedido a través de su persona y de su ministerio. Una de esas bendiciones es
el “Programa de Atención a Víctimas de las Violencias” (PAVV) que impulsó y
fortaleció, y que a inicios de este mes cumplió ya catorce años entre
nosotros.
Recordemos el objetivo de este
programa: “Ofrecer apoyo profesional
multidisciplinario a las personas víctimas de la violencia en sus diferentes
formas (muertes, desapariciones, secuestros, intrafamiliar) para facilitarles
un proceso de recuperación y sanación psicológica y espiritual, y estén en
condiciones de responsabilizarse de su vida superando toda forma de
victimización”.
Nos cuenta el Padre Jesús Mendoza:
“Ya desde el año 2006 se anticipaba una verdadera crisis humanitaria, que fue
llamando la atención de sectores de la Iglesia católica por el desafío que iban
representando personas y familias víctimas de la violencia. En varias
parroquias empezamos, de manera empírica, a atender a las víctimas que llegaban
buscando ser escuchadas o requiriendo consuelo espiritual. Nos dábamos cuenta
de que no sabíamos atender adecuadamente las necesidades de las víctimas en la
fase de crisis ni en las secuelas que deja en ellas la violencia.
Fue en el año 2012 cuando hubo condiciones
para realizar un aprendizaje sistemático sobre el acompañamiento que las
víctimas requerían. Una comisión de obispos mexicanos fue a encontrarse con la
Conferencia Episcopal de Colombia y a conocer algunas de las experiencias más
significativas en sus esfuerzos para construir la paz en ese país, golpeado por
la guerra desde décadas. Como fruto de esa visita, hubo acuerdos de
colaboración, entre los que destacaba el apoyo en el tema de víctimas de la
violencia.
Se eligieron seis parroquias de la
ciudad, en las que se dieran también las condiciones necesarias… En cada
parroquia se creó un “equipo levadura” con personas involucradas en procesos de
evangelización, que tuvieran un perfil propio para esta actividad pastoral. Con
seis equipos iniciamos un proceso de aprendizaje en el que agentes de pastoral
de Colombia nos transmitieron sus experiencias, reflexiones y conocimientos,
mismos que nosotros fuimos asimilando para diseñar un modelo que nos sirviera
para dar respuesta a las necesidades fundamentales (espirituales, psicosociales
y jurídicas) de las víctimas de nuestro entorno”.
Para mí es admirable la paz que hay en tantas
personas, víctimas de las violencias, luego de haber vivido alguno de los
“proyectos de paz”. Es una paz que les permite vivir sin odio en el corazón,
buscar la verdad, la justicia restaurativa, que quien cometió el delito esté en
un espacio donde no pueda seguir haciendo daño, donde se le ayude a recapacitar
para luego volver de nuevo a la sociedad como la bendición que Dios hizo de él
al crearlo. Muchas de esas personas, víctimas de las violencias, ahora han
hecho de su experiencia de dolor y sufrimiento, una disposición para ayudar a
quienes sufren lo mismo que ellas han sufrido. Para mí esto es una gracia muy
grande del Señor Jesús.
+ Con mucho cariño agradecemos a Dios
Padre el impulso tan comprometido de Mons. Carlos Garfias Merlos en la
construcción de la paz. En su mensaje de toma de posesión del 22 de julio del
año 2010, presentó los tres primeros principios de la construcción de la paz en
la Diócesis y Provincia de Acapulco: “El Principio de la Inclusión”:
para construir la paz, es necesario construir redes de ayuda y colaboración,
con diversos actores y sectores; “el Principio de la Comunión”: la
construcción de la paz tiene como punto de arranque y de llegada la comunidad.
Es necesario reconstruir el tejido social; “el Principio de la
Reconciliación”: la construcción de la paz se logra con la fuerza del
perdón”. Quiso que “construir la paz con justicia” fuera el eje transversal de
la pastoral, y se preocupó por capacitar a sacerdotes y laicos para
ello. Hace unos cuatro años, al
presentar los manuales de acompañamiento a víctimas de las violencias, un
reportero preguntó a cuántas personas se había atendido en los centros de escucha:
el registro entonces era de más de 4000. Ha sido muy grande bendición para
todos estos hermanos nuestros y para la sociedad. Ha sido la Palabra de Evangelio que toca su
vida y ayuda a esas personas a no convertirse en victimarios, sino en artesanos
de paz.
El Señor
que hace cuarenta días llamó a Mons. Carlos a su presencia, le conceda en su
misericordia, disfrutar la paz plena que sólo en Él podemos encontrar. Quien
está con Dios no está lejos de nadie. Mons. Carlos nos siga recordando que “Cristo
es nuestra paz” y nos siga invitando a caminar juntos, como peregrinos de
esperanza y artesanos de paz.
“Dale, Señor, el descanso eterno”. “Luzca
para él la luz eterna”. “Descanse en paz”. “Así sea”.